En el presente ensayo desarrollaré mi postura y algunas reflexiones sobre lo que ha sido el origen y evolución de la democracia colombiana, en medio de una continua y feroz violencia por parte de las asociaciones políticas que se disputaban el acceso y ejercicio del poder político, a través de sucesivas guerras civiles, lo cual generó una débil institucionalidad, un anclaje político fundado en el caudillismo y la demagogia, así como un sistema democrático plebiscitario.
Dicha tesis, la apoyo en la obra de Max Weber El Político y el Científico, que da cuenta de aquellas relaciones de dominación y sujeción al poder de caudillos carentes de principios y convicciones que, en el caso de nuestro país, impidieron la consolidación de una Nación fundada en principios y valores democráticos y que, por el contrario, nos llevaron desde el mismo surgimiento de la República, a conflictos violentos y sucesivos. Por lo tanto, nuestra democracia se origina y desarrolla en medio de la violencia política, desatada a lo largo de nuestra vida republicana, por el acceso, ejercicio, y control del poder político, de asociaciones organizadas y estructuradas a través de lo que Weber denomina maquinarias, las que dan origen a una especie de Democracia Plebiscitaria (Serrafero, 2018).
Conceptos como la política, la asociación política, el Estado, la violencia como medio de efectivización del Estado, la dominación en las relaciones políticas, la legitimidad de la dominación; así como su postura frente a la guerra, son sumamente necesarios para descubrir el verdadero sentido de la política y la ciencia como vocación (Weber, 2021). Todo ello, además, enmarcado en el concepto sociológico de Acción Social.
Weber define la acción social, como aquella orientada por las acciones de los otros, las cuales pueden ser pasadas, presentes o futuras (venganza, réplicas, medidas de defensa), es decir, la acción social es la que se deriva de un acto humano (Weber, 2014).
Por lo tanto, tenemos que la política para Weber, es una acción dirigida a dirigir o a influenciar una asociación política llamado Estado. Así mismo, la asociación política, además de definirla como el Estado, la relaciona igualmente con los partidos políticos.
Para Weber, la violencia es perfectamente normal dentro del Estado, en el ejercicio del monopolio de la violencia física, de hecho, es un medio de efectivizar el Estado. Si bien no es el único medio de que el Estado se vale, sí es su medio específico para detentar el monopolio de la fuerza, de hecho, sin violencia no hay Estado, solo habría anarquía. Hoy, solo el Estado puede endosarles a particulares o a algunas asociaciones el ejercicio de la violencia física.
En ese sentido, y bajo la lógica de la acción social, la política es el medio de acceso y ejercicio al poder para la consecución de unos fines, y en ese accionar queda plenamente justificado el ejercicio del monopolio de la violencia, ejercida no solo de Estado a Estado, en caso de guerra exterior, sino también, en caso de confrontación interna entre los diferentes grupos o asociaciones de hombres que lo componen. Es allí donde se configura toda acción o decisión política en torno unos intereses que necesariamente conducen a redistribuir, a mantener o trasladar el poder.
Weber señala tres tipos de justificaciones dentro de la relación de dominación en las relaciones políticas de poder: legitimidad fundada en la costumbre, legitimación fundada en el carisma del caudillo, y la legitimación fundada en la legalidad.
El caudillo por lo tanto es quien encarna al político profesional con vocación para dirigir los destinos de un Estado, utilizando como método la demagogia, es decir, el discurso para atraer y seducir a las masas. Esto por supuesto acompañado de la estructura de la empresa política llamada partido, a partir de la cual se recluta a los seguidores, se invierten grandes sumas de dinero para conseguir los votos a través de los cuales se gana las elecciones. Sin esta organización, no es posible realizar las elecciones. De allí se desprende la división de ciudadanos con derecho a voto, en políticamente activos, y políticamente pasivos, dependiendo de la voluntad de cada cual. Es decir, existe al interior de estas asociaciones una jefatura y una militancia activa para el reclutamiento, así como un electorado pasivo del cual depende la elección del caudillo.
Todo lo anterior, funciona a través de lo que Weber denomina la maquinaria política, a través de la cual se impone la voluntad de los caudillos. Esta maquinaria da lugar a lo que él llama la democracia plebiscitaria, que no es otra cosa que la democracia de jefes, la cual ejerce la dominación carismática, a través de la cual queda doblegada la voluntad de los dominados, en virtud de la devoción y la confianza personal del caudillo (Serrafero, 2018).
Todo ello, ha creado una especie de sustitución de programas políticos consistentes en ideas y convicciones, por una “dictadura basada en la utilización de la emotividad de las masas” (Weber, 2021).
Ha sido en este contexto de caudillaje político donde se forjó nuestra democracia. Desde los inicios de la República, el país presentaba grandes problemas de cohesión política y social. La heterogeneidad regional generaba grandes diferencias entre una unidad de poder centralizado, y los territorios. Problemas como la difícil geografía, las pésimas comunicaciones y una tradición de autonomía regionales, asociados a demás a la pugnacidad por el poder entre ciudades como Cartagena, Santa Marta y Santa Fé de Bogotá, por ser el epicentro del gobierno, sembraron el germen de la violencia. Es decir, la configuración de un gobierno central y unificado en medio de tantos intereses económicos y geopolíticos, anunciaban lo poco pacífico que sería la construcción de un Estado de bases republicanas.
El panorama no era nada claro, toda vez que, el proceso de centralización política, integración de las diferentes capas sociales, y dominio del territorio en una geografía tan extensa, imposibilitaba que dicho proceso de centralización política y administrativa se efectuara de forma completa y ordenada, situación que da lugar al surgimiento de sistemas políticos de corte clientelistas, con poca autoridad en gran parte del territorio.
Ello marcó el comienzo de los partidos políticos tradicionales en su papel de articuladores entre las regiones y el Estado central, así como de intermediarios de diferentes formas políticas importadas, adoptando estilos políticos de corte personalista, que a la postre permitieron que estos se convirtieran en integradores de los estratos sociales emergentes en las ciudades y el campo colombiano, como por ejemplo entre artesanos urbanos y los grupos de poder de las regiones. Estos procesos de integración regional y social generaban grandes conflictos representados en las diferentes guerras civiles del siglo XIX, originadas por tensiones entre polos nacionales, regionales y locales. Estos procesos bélicos terminaron por integrar las regiones con el Estado Central (González, 2014).
De lo anterior, es pertinente para los efectos del presente ensayo, y en conexión con el marco teórico planteado por Max Weber en su obra El Político y El Científico, establecer si los motivos que generaron las diferentes guerras civiles y otras manifestaciones de violencia política, entre las diferentes facciones políticas en el siglo XIX y XX, tenían un sentido político, o si, por el contrario, obedecía a hechos relacionados con otros factores. De ello, depende la solidez de mi tesis sobre una democracia construida a partir de la violencia fundada más en el caudillismo, que en verdaderos programas de partido de interés para la Nación.
Por lo anterior, cobra sentido en aras de sustentar mi postura entorno a que el origen de las guerras civiles del siglo XIX, así como las diferentes manifestaciones de violencia política del siglo XX hasta nuestros días, tiene un substrato caudillista y de las maquinarias soportes del partido, que en las ideas o convicciones fincadas en programas ideológicos de los partidos.
En el siglo XIX tuvieron lugar ocho (8) guerras civiles, cuyos orígenes fueron los siguientes:
- Guerra de los Supremos (1839-1841): tuvo su origen en razones religiosas. El presidente de turno José Ignacio de Márquez, sancionó una ley que buscaba suprimir los conventos que albergaran menos de ocho religiosos.
- Guerra Civil de 1851: el detonante de esta confrontación fueron las reformas impulsadas por los liberales, que ya en el poder y después de su derrota en la Guerra de los Supremos, pretendían quebrantar los poderes de la iglesia católica, que, junto con la abolición del esclavismo, encendieron la llama de una nueva guerra para el novel país.
- Guerra Civil de 1854: tuvo sus orígenes en las diferencias entre los mismos liberales por el manejo de la hacienda pública, más exactamente con la eliminación de los aranceles a productos europeos, lo cual desencadenó un enfrentamiento entre liberales librecambistas (Gólgotas) y los liberales moderados (Draconianos).
- Guerra civil de 1860: tuvo su origen en las emociones caudillistas tanto del partido liberal, como del partido conservador por el modelo político de centralismo vs federalismo. Además de la decisión de Mosquera de subordinar a las autoridades eclesiásticas al gobierno civil junto con la desamortización de bienes de manos muertas.
- Guerra Civil de 1876: tuvo como causa la educación laica introducida por el gobierno de los liberales radicales, quienes eran de posición antirreligiosa y anticlerical.
- Guerra Civil de 1884: Tuvo como causa la implementación de un sistema político de corte centralista, pero, ante todo, la restauración del poder del clero o la iglesia en el manejo de la educación en el país.
- Guerra Civil de 1895: tal vez fue la guerra civil de más ingrata recordación por las más insustanciales de todas las causas de las guerras que la precedieron. Los liberales consideraban que no había garantías para su retorno al poder e intentaron un golpe de Estado, el cual no prosperó.
- Guerra de los mil días: La última guerra del siglo XIX, llamada la Guerra de los Mil Días, la cual se origina desde que los liberales no reconocieron el triunfo de Sanclemente en 1897 alegando un fraude electoral. Tanto el gobierno conservador ya radicalizado y obstruyendo el acceso al poder de los liberales, como las demandas de los liberales por reformas de fondo, constituían posiciones irreconciliables producto de un marcado caudillismo lejos de los principios, valores y convicciones políticas que debieron orientas la construcción una Nación vigorosa fundada en principios y valores democráticos, y no en la demagogia de personalismos individuales o de partido.
Algunos historiadores han señalado que la raíz de estos conflictos cobra un sentido político, por cuanto todos ellos han desembocado en ajustes constitucionales (González, 2014). Sin embargo, si bien el número de Constituciones expedidas equivale al número de guerras libradas, no necesariamente corresponden al periodo posterior a cada una de las confrontaciones: Constitución Política de la República de Colombia de 1821, Constitución Política de la República de Colombia 1830, Constitución Política del Estado de La Nueva Granada 1832, Constitución Política de La Nueva Granada 1843, Constitución Política de La Nueva Granada 1853, Constitución Política Para La Confederación Granadina de 1858, Constitución Política De los Estados Unidos de Colombia de 1863, Constitución Política De La República De Colombia de 1886. Es decir, la relación entre cada una de las guerras y la expedición de cada una de las Constituciones, no corresponde necesariamente a lo sostenido por aquellos historiadores que buscan encontrarle un sentido político a cada una de las guerras civiles libradas en el siglo XIX.
Bibliografía:
González, F. (2014). Poder y Violencia en Colombia. CINEP
Serrafero, M. D. (2018). Max Weber y la Democracia Plebiscitaria. Revista Internacional De Sociología, 76(2). https://doi.org/10.3989/ris.2018.76.2.16.01630
Weber, M. (2021). El Político y El Científico. Alianza Editorial.
Weber, M. (2014). Economía y Sociedad. Fondo de Cultura Económica.